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Macri no debe buscar la reelección.

“Todas las vidas políticas terminan en un fracaso, porque esa es la naturaleza de la política y de los asuntos humanos”. Así escribió Enoch Powell, como presintiendo su propio destino, cuando en su carácter de parlamentario británico inició su fracaso con una inflamada arenga pública contra los inmigrantes. Fue en 1968 y Edward Heath, líder del partido Conservador, consideró que el discurso de su correligionario era tan “controvertido” como para echarlo del cargo de Ministro de Defensa del gabinete Tory en las sombras.
Aquella xenofobia de Powell atenúa, pero no logra apagar, la luz que sus palabras posan sobre una verdad irremediable. La vida nos conduce sin piedad a su propio fracaso, que es su propio fin. Esta regla universal se aplica a las carreras políticas, pero también a cualquier otra. El narcisismo, la ambición, la filantropía, la necesidad, no importa el motivo por el que emprendemos un camino. Su razón de ser se desvanece en el preciso momento de la llegada a la meta y entonces solo queda la evocación, la melancolía o la simple frustración de no poder continuar. Todos los caminos terminan y ese es su fracaso.
El mayor talento de un político es escribir el guión de su propio final. Construir la escenografía, enfocar los tachos de luces, seleccionar la música y elegir los actores que lo acompañarán en el epílogo cargado de emoción.
Menem falla en su fracaso. Se arrastra por los juzgados federales, culpable de tráfico de armas, explosiones, coimas, encubrimiento. El caudillo riojano no puede evitar el papel de villano despreciable. Fracasa David Cameron, ex premier británico cuando lo sorprende la derrota en un plebiscito innecesario que conduce a su país al Brexit. Su final es abrupto y la audiencia se queda esperando un remate que nunca llega. Fracasa Rajoy incapaz de irse a tiempo a su casa. Merkel, por el contrario, construye laboriosamente su derrota siguiendo el ejemplo de tantos líderes alemanes de posguerra que construyen sin estridencias, su legado. Como Alfonsín. El guión del Presidente de la Democracia cobra sentido con el paso del tiempo, como los autores clásicos griegos. Lo entendemos un poquito más cada mañana al levantarnos, en cada oportunidad en que alguien recuerda que nunca en la historia argentina vivimos tanto tiempo sin un golpe de estado. Alfonsín, se nos revela cada vez más sabio, más bueno, más generoso. Y eso nos llena de virtud.
Nadie recordará por sus logros al gobierno actual.
Pese a las buenas intenciones de muchos de los que gobernaron durante los últimos tres años, los indicadores económicos de la Argentina siguen siendo mucho más parecidos a los de Venezuela que a los de Uruguay. A pesar de los consejos de quienes quisieron ayudar, los que no fueron escuchados porque eran “lo viejo”. En diciembre de 2019, seguiremos estancados e inflacionados como en los últimos diez años. Pasaremos a pérdida una década completa, la mitad en manos del FPV, el resto en manos del PRO, todos más pobres que al inicio.
Pero además, luego de los triunfos de la coalición electoral Cambiemos, Argentina estará mucho más dividida. Porque Marcos Peña elige polarizar, demonizar a un tercio de los argentinos que creen en el FPV y demonizar también a los propios a la vista del resto. Hace números y de esa forma las cuentas le dan, gana.
El 31 de octubre de 1983, un día después de la elecciones, la Ciudad de Buenos Aires amaneció empapelada con una nueva versión del afiche de campaña “Ahora Alfonsín”. Decía: GANAMOS, PERO NO DERROTAMOS A NADIE.
Peña gana elecciones, pero con sus triunfos perdemos todos, incluso los que salen electos. Porque somos cuarenta y cinco millones, y somos cada vez más distintos, por suerte, porque cada uno elige quien quiere ser, porque cada uno puede ser más libre. Peña y Durán Barba nos proponen reducir esa diversidad a santos y demonios, por la sencilla razón de que los actos de su gobierno son imposibles de explicar. Tiran la pelota afuera, refuerzan la estigmatización del otro, una genialidad política con la profundidad de una pileta pelopincho que el kirchnerismo instaló en el centro del debate público a mediados de la década pasada. Peña y Durán Barba ganan elecciones con lo peor de la práctica del FPV y al final del día resulta evidente que ese relato se basa en la ilusión de llegar a vivir en un país donde el otro dejó de existir. Los genios de la provocación de uno y otro lado todavía nos deben la explicación de la forma en que van a hacerlo.
Ayer ganaban D´elia y Moreno, hoy ganan Peña y Durán Barba. El problema es que todos ellos pasan y mientras tanto la intolerancia avanza en las calles y peligra la paz social. Ha pasado tanto tiempo que ya hay una generación de argentinos que piensan que es normal que los presidentes digan que hay que “Ir por todo” o que se saquen fotos comiendo Flan para humillar a los que piensan distinto. Una generación entera ha crecido en un griterío cada vez más violento amplificado por los medios de comunicación.
Sólo será posible un segundo gobierno de Macri si el ambiente de guerra civil que nos propone su Jefe de Campaña funciona. Es cierto, es la única estrategia posible y si gana Macri, el poder de Peña en el nuevo gobierno será inconmensurable. Marcos será el héroe épico. La lealtad, el coraje y la fe habrían ganado la guerra santa contra el mal. ¿Es bueno ese mito para la democracia? Es muy malo. Dentro de la democracia no hay enemigos y no debe haber guerras. Ganaría el relato de Le Pen, el de Trump, el de Vox, el de Bolsonaro. Hay que asumirlo, El FPV NO es el chavismo, el PRO NO es la dictadura militar. Y nadie quiere que lo sean.
Macri debe organizar su fracaso pensando en el futuro del país. Ese país por el que lloró en el Colón y que aplaudieron los líderes del mundo.
Su acto final debe empezar por desistir de la reelección. Cambiemos tendrá la extraordinaria oportunidad de construir una campaña sin tener que hacerse cargo de la insólita herencia del gobierno del PRO. Podría ser una campaña que sirva para mejorar la vida de todos.
Fuera de competencia, el actual Presidente podría transformar a Cambiemos en una coalición institucional, con reglas internas claras. Las primarias abiertas y competitivas servirían para construir liderazgos que enriquezcan la oferta electoral. Podría transformarse en una coalición de gobierno, en donde todos sus miembros se sientan respetados. Si así lo hiciera, Macri dejaría un legado valiosísimo para la democracia. Sería el artífice de un sistema político estable, previsible, un punto de partida imprescindible para el desarrollo del país. No habrá sido el mejor Presidente de la historia, pero tampoco un administrador anodino más de nuestra decadencia.
Si no se presenta a la reelección, Macri será visto en el futuro como el primer emergente de una coalición electoral que dotó de alternancia al sistema político.
Será el primer presidente no peronista que termina su mandato desde 1928.
Quedar así en la historia no es poco. Es una oportunidad única.
Todos los habitantes del suelo argentino necesitamos que Mauricio Macri no la desperdicie.

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