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Aprender para hacer un buen gobierno.

 Solo desde el interés o la deshonestidad intelectual es posible sostener que el resultado práctico las ideas económicas que se aplicaron durante el gobierno del PRO fue exitoso.
Sin cargar las tintas, basta con mencionar que fueron tres años de recesión de los 4 que duró la gestión , que la inflación alcanzó los valores mas altos en décadas, que cayó la inversión, que subió la pobreza, que el PBI per cápita disminuyó 9% y que finalmente a mediados de 2018 el mercado no quiso prestarle mas dólares al gobierno argentino provocando una devaluación de la moneda de mas del 50%. Me olvidaba, en 2019 volvieron a devaluar y pusieron de nuevo el cepo. 
La defensa usual de los partidarios del gobierno anterior apela a la herencia recibida, una economía con precios relativos distorsionados que hacía cuatro años que no crecía, que no reducía la pobreza con un PBI per cápita caía, que no creaba empleo, con una inflación alta que ya duraba más de una década, que tenía escasas reservas en el BCRA. 
A la distancia, el aciago desempleño económico del segundo gobierno CFK parece tan evidente como el malaventurado resultado del único gobierno de Macri.
La coalición no peronista tiene que prepararse para reemplazar gobierno actual. Es su obligación en la democracia, mantener un entorno competitivo que evite el desequilibrio del sistema político. Luego de las elecciones intermedias es un imperativo moral.
Con ese objetivo es importante entender porqué salieron tan mal las cosas. 
El diagnóstico inicial de Macri y su equipo económico fue que el problema de Argentino (de los úlitmos 70 años) era el populismo que se expresaba en gastar mas de lo que ingresaba, eso era el déficit fiscal, que el dinero que se emitía para financiarlo producía inflación, que si se erradicaba el déficit no se resultaría necesario imprimir mas moneda que entonces caería la inflación y que volvería la confianza y la inversión. Y que para eso era necesario liberar la cuenta capital abriendo la puerta a una lluvia de dólares mientras se fortalecerían las instituciones y la seguridad jurídica.  
Y pasaron cosas. O no. En realidad, no. No pasaron cosas. Falló el diagnóstico que era y es incorrecto.
El argumento se volvió a esgrimir cuando las mismas voces alertaban acerca del peligro de hiperinflación al inicio de la pandemia debido a la emisión monetaria para financiar el creciente déficit público. Sin embargo, no hay hiperinflación en la Argentina. Y tampoco está disparada, sabemos que 2021 cerró con una inflación similar a la 2018 (48,1%) y 2019 (53,8%). Hace varios años que venimos al 50%.
Cualquier diagnóstico que comience por el déficit fiscal está equivocado. La política fiscal es una herramienta económica.  No es un fin en sí mismo y lo mismo sucede con la política monetaria. Hay momentos en los que es necesario emitir (pandemia), momentos en que hay que sacar dinero del mercado (cuando cae la demanda de dinero), hay coyunturas en las que hay que incurrir en déficit (como en la crisis de 2008), situaciones en las que no. El arte del buen gobierno consiste en tocar las perillas adecuadas en cada momento. 
Tampoco es cierto que la única manera de financiar un déficit es con deuda y muchísimo menos cierto es que la haya que hacerlo con deuda nominada en moneda extranjera. Casi la totalidad del gasto público es en pesos, por lo tanto en cualquier caso, el déficit necesita pesos para financiarse, ya sea en la forma de deuda estructurada, de señoreaje, de emisión, de atraso de pagos. La peor manera es, sin dudas, con deuda en dólares. Es la peor lejos porque si hay algo que los argentinos demandamos mas de lo que producimos son dólares. Porque ahorramos en dólares, porque nuestro saldo de turismo con el exteriro es negativo siempre porque nos encanta viajar y porque, como en cualquier otra economía, nuestro sistema productivo está integrado al mundo y requiere de divisas para funcionar. 
En realidad cuando el Gobierno toma deuda en dólares, no lo hace para atender el déficit fiscal, sino para financiar el exceso de demanda de divisas de toda la economía, o sea de la suma del sector público (que demanda dólares para pagar deuda e intereses) y del sector privado, que es el gran demandante de dólares de la economía. Viajar barato a exterior y poder ahorrar dólares baratos son una de las formas menos mencionadas de populismo. 



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